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ID AL MUNDO ENTERO

Martes 3 de septiembre de 2013

La pluralidad de rostros diferentes con los que nos encontramos, la diversidad de razas que vemos por las calles y las lenguas que oímos incluso con acentos muy diferentes, son una manifestación cada vez más constatable, que vivimos en un mundo global.

Para los misioneros, el objetivo de estos viajes son el anuncio de la Buena Nueva . El Señor nos envía a todos anunciar el Evangelio a todas las naciones, nos deja el mandato de darlo a conocer por todos los caminos.

El Papa nos está repitiendo con insistencia que vayamos a la periferia, que salgamos a las calles, que vayamos atentos, que andemos por la senda llana, que significa por tierra firme, la que se pisa siguiendo los mandatos del Señor. Él es el verdadero Camino en el que no tropezarán nuestros pies.

Con esta llamada, de id al mundo entero recibido del Señor, varias hermanas de la Congregación, están regresando estos días a los países de Venezuela, Ecuador, África, Japón, El Salvador, USA, Nicaragua… donde hace varias décadas fueron enviadas y hoy a pesar de tener ya muchos años se sienten con fuerza para regresar y seguir siendo ángeles visibles.

Gracias porque con vuestro sí, todas respondemos a esta llamada misionera que tiene la Congregación. Seamos portadoras de esperanza, de serenidad, de alegría.

Seamos consuelo y escucha para con todos, dice el Papa Francisco “solo podremos ser portadores de él si experimentamos nosotros los primeros la alegría de ser consolados por él, de ser amados por él. Esto es importante para que nuestra misión sea fecunda: percibir el consuelo de Dios y transmitirlo. A veces me he encontrado con personas consagradas que temen el consuelo de Dios, y… ¡pobres hombres y pobres mujeres, que se atormentan, porque temen esta ternura de Dios! Pero no temáis. No temáis: el Señor es el Señor del consuelo, el Señor de la ternura. El Señor es Padre, y dice que nos tratará como una madre a su hijo, con ternura. No temáis el consuelo del Señor. La invitación de Isaías ha de resonar en nuestro corazón: «Consolad, consolad a mi pueblo» (40, 1), y esto debe convertirse en misión. Encontrar al Señor que nos consuela e ir a consolar al Pueblo de Dios: esta es nuestra misión. Hoy las gentes necesitan ciertamente palabras, pero necesitan sobre todo que testimoniemos la misericordia, la ternura del Señor, que enardece el corazón, que despierta la esperanza, que atrae hacia el bien: ¡la alegría de llevar el consuelo de Dios!.



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