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Hablar de experiencia vocacional, es hacer una relectura del amor y la misericordia de Dios en mi vida.

Lunes 9 de noviembre de 2015

DIOS HA SIDO GRANDE

“Yo te bendigo, Padre, porque has ocultado estas cosas a los sabios e inteligentes y se las has revelado a los pequeñitos”. Sí, Padre, así te pareció bien. (Lc.10, 21) Hablar de experiencia vocacional, es hacer una relectura del amor y la misericordia de Dios en mi vida. Dios se ha manifestado desde mi nacimiento, al regalarme unos padres amorosos, tiernos, con una profunda fe y amor a Dios y al hermano, con una práctica de la caridad fuerte. En mi casa nunca faltó el plato de comida para el que llegara a la puerta, que cuando era muy buena, se pasaban la voz y se multiplicaban. De esta fuente bebí en mi infancia y parte de mi adolescencia, el amor, la ternura, el perdón, la misericordia. Viví la alegría del compartir, lo que se es y lo que se tiene con aquellos que más lo necesitan. Sentí el llamado de Dios cuando tenía 8 años. Un llamado a servir a los más necesitados, a entregar mi vida en tierra de misión. Conocí a las hermanas del Ángel de la Guarda en Medellín cuando tan solo tenía 12 años de edad. Tuve la oportunidad de participar en el grupo de Benjaminas, donde reflexionábamos la Palabra de Dios y también jugábamos. Aquellas reuniones eran dirigidas por las hermanas: María Dolores Beltrán y Matilde (María Paz Santos) quienes fueron un testimonio de servicio, de entrega desinteresada alegre y sencilla. Realicé parte de mis estudios en el Colegio Santo Ángel, al que acudía con mucha ilusión. En este compartir cercano con las hermanas me permitieron conocer de una manera más directa su espiritualidad y carisma, mi inquietud por la vida religiosa se fue alimentando de esa sabia e iba sintiendo que Dios me llamaba a seguirlo, que tenía una misión que cumplir. Mi inquietud la compartí con las hermanas e inicié un acompañamiento espiritual, hasta que decidí optar por Jesús en la vida consagrada. Ingresar a la Congregación de Hermanas del Ángel de la Guarda fue la respuesta al llamado que Dios me hizo, siendo este, una bendición para mí y para toda mi familia.Qué alegría siento de pertenecer a esta gran familia de mujeres consagradas, mujeres abnegadas, sencillas, alegres y acogedoras, al servicio de nuestros hermanos y comprometidas con el proyecto de Dios, en la transformación de una sociedad más justa; siendo Ángeles Visibles para todas las personas que tienen sed de Dios, llamadas a humanizar la historia dando testimonio de Él. Gracias a Dios, a mis padres, a la Congregación que me permitieron vivir esta gracia, este don, este llamado, esta Vocación, realizándome como persona, como mujer y como consagrada. El quiso que fuera a los más pobres entre los pobres y viviera y compartiera mi vida en medio de los indígenas en Angamarca. Fue mi mejor universidad Aprendí a vivir con lo mínimo en humildad y sencillez, valorando y descubriendo a Dios en lo pequeño y en los pequeños, en la naturaleza, respetando y amando la Pacha mama (la Madre tierra). Es ahí donde me has hablado al corazón y me has evangelizado Señor. La experiencia de mi vocación ha sido un caminar de la mano de Jesús, he sentido siempre su fuerza y su luz, no descarto el miedo en algunos momentos de dificultad y como Pedro también le dije al Señor: sálvanos que perecemos. Mis hermanas me han dado la oportunidad de acompañar a mis padres en su ancianidad y brindarles una calidad de vida hasta entregarlos en los brazos de Dios. El Señor Jesús me ha llamado a vivir para Él y me envía a anunciar la Buena Nueva: El Reino de Dios. Lo siento como una urgencia en este medio donde los jóvenes no han encontrado el sentido de su vida. Es importante anunciar el amor que Jesús les tiene, que lo sientan y lo descubran como el tesoro más preciado. Es importante salir de nuestro confort y como dice nuestro Papa Francisco “salgamos a las periferias existenciales. Quiero una Iglesia accidentada, una vida consagrada alegre…” Gracias Señor porque me amas, porque me llamas a vivir en Ti, contigo y por Ti. Gracias porque quieres que sea feliz en la entrega al hermano, en poder entregar gratis tanto amor que he recibido gratis. ¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? (Salmo 115) “Me hiciste Señor para Ti y mi corazón inquieto está hasta que descanse en Ti” (San Agustín) "Que hermosos los pies del caminante que trae buenas noticias! que anuncia la paz, que trae la felicidad, que te anuncia tu salvación (Isaías 52,7) No podemos olvidar el sueño de nuestros Fundadores, que siempre es actual: “Ser y formar verdaderos discípulos de Cristo”. Hna. Leila Amparo Rojas C



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