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FIESTA DE LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR

Miércoles 4 de febrero de 2015

En este día de la Vida Consagrada damos gracias a Dios por el don de la vocación recibida. Las palabras del Papa Francisco en el día de la Vida Consagrada, son estímulo para seguir gozosas el camino emprendido.

“Pongamos ante los ojos de la mente el icono de María Madre que va con el Niño Jesús en brazos. Lo lleva al Templo, lo lleva al pueblo, lo lleva a encontrarse con su pueblo. Los brazos de su Madre son como la “escalera” por la que el Hijo de Dios baja hasta nosotros, la escalera de la condescendencia de Dios. Podemos contemplar en nuestro corazón este movimiento imaginando la escena del Evangelio: María que entra en el templo con el Niño en brazos. La Virgen es la que va caminando, pero su Hijo va delante de ella. Ella lo lleva, pero es Él quien la lleva a Ella por ese camino de Dios, que viene a nosotros para que nosotros podamos ir a Él. Jesús ha recorrido nuestro mismo camino para mostrarnos el camino nuevo, es decir el «camino nuevo y vivo» (cf. Hb 10,20) que es Él mismo. Y para nosotros, los consagrados, este es el único camino concreto y sin alternativas, debemos recorrerlo con alegría y esperanza.

Para un religioso, religiosa, progresar significa abajarse en el servicio, es decir hacer el mismo camino de Jesús, que «no consideró un privilegio ser igual a Dios» (Fil 2,6). Abajarse haciéndose siervo para servir. Y este camino adquiere la forma de la regla, que recoge el carisma del Fundador, sin olvidar que la regla insustituible, para todos, es siempre el Evangelio. Pero el Espíritu Santo, lo traduce también en las diversas reglas de vida consagrada, que nacen todas del seguimiento de Jesús. La alegría evangélica del religioso es consecuencia del camino de abajamiento con Jesús.

Y, a través de este camino, somos preservados de vivir nuestra consagración de manera light, de manera desencarnada, como si fuera una gnosis, que reduciría la vida religiosa a una “caricatura”, una caricatura en la cual se actúa un seguimiento sin renuncia, una oración sin encuentro, una vida fraterna sin comunión, una obediencia sin confianza y una caridad sin trascendencia. También nosotros, como María y como Simeón, queremos llevar hoy en brazos a Jesús para que Él encuentre a su pueblo, y seguramente lo conseguiremos si nos dejamos aferrar por el misterio de Cristo. Guiemos el pueblo a Jesús, dejando a su vez guiarnos por Él. Esto es lo que tenemos que ser: guías guiados. Que el Señor, por intercesión de María, nuestra Madre, de San José y de los santos Simeón y Ana, nos conceda: «ser presentados delante de ti con el alma limpia».



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